Una noche de enero de 1996 soñé que me lanzaba a una piscina llena de arroz con leche, donde nadaba con la gracia de una marsopa - tanto es así que en un restaurante de Madrid, pedí cuatro platos de arroz con leche y luego ordené un quinto de postré. Me los comí sin parpadear, con la vaga esperanza de que aquel nostálgico plato de mi niñez me ayudaría a soportar la angustia de ver a mi hija muy enferma. Ni mi hija ni mi alma se aliviaron, pero el arroz con leche quedó asociado en mi memoria con el consuelo espiritual. En el sueño, en cambio, nada habia de elevado; yo me zambullía y esa crema deliciosa me acariciaba la piel, resbalaba por mis pliegues y me llenaba la boca. Desperté feliz y me abalancé sobre mi marido antes que el infortunado alcanzara a darse cuenta de lo que ocurria. A la semana siguiente soñe que colocaba a Antonio Banderas desnudo sobre una tortilla mejicana, le echaba guacamole y salsa picante, lo enrollaba y me lo comía con avidez. Esta vez desperté aterrada. Y poco después soñé...bueno, no vale la pena seguir enumerando, basta con decir que cuando le conté a mi madre esas truculencias, me aconsejó ver a un psiquiatra o un cocinero. Vas a engordar, agregó, y así me decidí a enfrentar el problema con la única solución que conozco para mis obsesiones: La escritura.
Extracto tomado de: Afrodita (cuentos recetas y otros afrodisíacos) por Isabel Allende.

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